La luz de la T.V.

Empiezo a pensar en lo que voy a hacer cuando llegue a casa… no sé qué preparar de comer, ni siquiera pienso en preocuparme en lo que viene para el día siguiente; sólo sé que mi cuerpo busca comodidad de esa que no se encuentra en cualquier parte y es aquel rincón donde sillas solitarias e impacientes por tratarme, quieren inducirme a un estado de trance. Actúo como una víctima; y aceptar su invitación trae riesgos, todo depende de lo que tenga a mi alcance y se reduce exclusivamente a eso… repentinamente todo se distancia. Aparentemente es por esta razón que los psicólogos utilizan un sillón para tratar a sus pacientes.

El momento está dado ya que mi cuerpo está en reposo y sin duda lo induje a la comodidad con texturas suaves de telas, espumas y resortes. Éste sillón que me tranquiliza del estrés y me ha servido de apoyo tantas veces, estuvo solitario todo el día y no tarda en someterme al engaño, demostrándome que no estamos solos y que justo frente a mí, donde mi mirada cae como por defecto, está mi TV. Es un plan para vivir juntos, un plan especial para mí; un juego donde bailan las imágenes y los sonidos, y le coquetean a mi pasividad.

Sentarse aquí es sentarse con una luz que guía, que acompaña, divierte, incita y convoca. Luz de T.V. que no puede hacer falta y que celosa con sus parientes – celular, computador, tablet, cine – no permitirá el abandono y parece que me perseguirá por siempre, como un vicio. Quizá la solución es no permitirle ser la única luz que me acompaña cuando mi sala o mi cuarto se encuentran a oscuras, cuando estoy en ese estado de indefensión en el que pensar no es precisamente una opción y mi cerebro conduce por una autopista de colores, estimulado, excitado y sometido a intereses desconocidos.

(La transmisión de imágenes siempre tendrá una función, según el estado en que nos encontremos.)

La luz de la T.V.

Cualquier proyección de imagen tiene una o más de una intención.